“Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabra de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el Mesías, el Hijo del Elohim viviente” (Juan 6:68-69)
El hombre va hasta el fin del mundo, buscando conocer la verdad, para encontrar la razón de ser, para entender el por qué nació, por qué está aquí. Busca en cientos de dioses diferentes, comida para su alma, luz para su espíritu, investiga, experimenta, y por lo regular vuelve a quedar tan hambriento y sediento como cuando empezó y en los momentos duros de su vida, no tiene a quien ir. Yahushua dijo: “venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28). Cuando pasamos por situaciones difíciles, enfermedades, tragedias, pérdidas insoportables que nos rompen el corazón y donde ni siquiera aquellos más cercanos pueden ayudarnos a soportar el dolor, conocer a Yahushua y su gran amor, saber que Él nos sostiene, nos da descanso y calma nuestro dolor por medio del Ruaj (Espíritu Santo), es la esperanza más bella de todo creyente. Por lo regular son esos momentos, esas espinas en el corazón, las que dan paso a los momentos más bellos en comunión con nuestro Padre Celestial, son los que maduran nuestro carácter y dulcifican nuestro espíritu, son los que nos permiten ver la gloria de Elohim en todo su esplendor, restaurándonos y poniéndonos en pie de nuevo. ¿A quién iremos? ¿A dónde se va cuando ya no hay a dónde ir? A Yahushua, el conoce tu dolor y sólo el, sabe cómo sanarlo.
“No tendrás dioses ajenos delante de mí” (Deuteronomio 5:7)
Antes que Elohim creara al hombre, primero preparó para él un mundo lleno de cosas útiles y agradables para su deleite y gozo. Fueron hechas para el hombre pero debían permanecer como cosas externas a él, muy profundo en su corazón había un santuario donde solo Elohim podía entrar. Dentro de él estaba YHVH y era quien gobernaba su vida. Pero el pecado complicó las cosas e hizo que aquellos regalos y bendiciones, se convirtieran en su ruina. Nuestro dolor empezó cuando Elohim fue echado fuera de Su santuario (corazón) y se le permitió a todas esas cosas que habían sido creadas para uso del hombre, entrar en el corazón y tomar el lugar de Elohim. El hombre por naturaleza ya no tiene paz en su corazón porque YHVH ya no es el centro de él. Ahora son las cosas y la ambición por acumularlas lo que gobierna al hombre. Esta no es una simple alegoría, es un minucioso análisis de nuestra realidad espiritual. Muy dentro del corazón hay raíces de una vida caída cuya naturaleza es poseer y poseer. Desea cosas con pasión y los pronombres “mi” y “mío” suenan inofensivos, pero su uso constante y universal es muy significativo. Expresan la verdadera naturaleza adámica del hombre. Son el síntoma más visible de nuestra enfermedad. Las cosas se han vuelto tan necesarias, que lo que una vez fueron regalos de Elohim, se han convertido en nuestro elohim. Han tomado Su lugar. Mientras más posee el hombre, más teme perder y recordemos que aquello que tememos perder, ese es nuestro dios.
“El Elohim que hizo el mundo, siendo Adonai del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos por manos humanas” “Mujer, créeme, que ha hora viene cuando ni es este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre” (Hechos 17:24 y Juan 4:21)
Los creyentes del Nuevo Testamento no pensaban que la religión era solo para los días de reposo o para lo que hoy en día llaman la “la casa de Dios”. ¿Necesita Dios dicha casa? El que hizo los cielos y la tierra no habita en templos hechos de manos humanas. Ninguna casa o templo debajo del cielo es más santo o kaddosh, que el lugar donde el creyente vive, come, duerme y alaba a YHWH en todo lo que hace. No hay mejor adoración que la ofrecida por familias kaddosh, separadas, y temerosas de Elohim. Sacrificar la adoración del hogar por la adoración pública es la más malvada manera de actuar. La devoción de mañana y noche en el hogar es más aceptable a los ojos de YHWH que toda la pompa de una catedral o templo, lo cual solo deleita el ojo y oído humano. Todo hogar de un verdadero creyente es un templo, y como tal, es competente para la ejecución de cualquier función de adoración divina. ¿No somos todos sacerdotes? ¿Por qué necesitaríamos llamar a otros para que hicieran un espectáculo de la devoción, adoración? Todo hombre debe ser sacerdote de su propio hogar. Entonces, hagan de sus hogares palacios de gozo y templos santos, lugares separados. Una de las razones porque la congregación primitiva era tan bendecida, es porque sus miembros tenían hogares de adoración.
Hay 15 invitados y ningún miembro en línea