El pueblo en vez de dar gracias por la liberación, empezó a quejarse de las condiciones y empezó a añorar a Egipto, quisieron volver a hacer ladrillos para los monumentos de Faraón. Añoraron todo el confort de Egipto aunque fueran esclavos, la esclavitud enceguece cuando el pueblo se acostumbra. “Si Israel no hubiera probado el pan de los Egipcios, no hubieran permanecido allá en exilio, ni los Egipcios los hubieran podido oprimir” – Rabino Hiya, Zohar 2, pp.6ª, 6b. El orgullo y el ego son los ladrillos que construyen fortalezas en nuestra mente. Nuestra carne solo hace lo que la mente le dice. Somos esclavos cuando elegimos serlo, se dice que nadie extraña lo que no conoce, así que es ese conocimiento del pecado y de hábitos fuera de los parámetros de Elohim lo que nos esclaviza. Esclavitud es decidir ser controlado por la realidad del mundo físico de los sentidos, del árbol del conocimiento del bien y del mal, por consiguiente, no tenemos opción acerca de cómo actuar, sino que simplemente reaccionamos a las emociones, sentimientos y a los pensamientos no renovados por el Espíritu. La esclavitud es tan fuerte que perdemos la habilidad de tomar decisiones de acuerdo a la Torah. Así que si no podemos decidir cómo actuar, es porque somos esclavos de algo, y esa esclavitud nos dictamina como relacionarnos con el mundo y con la gente. No podemos permitir que Egipto permanezca dentro de nosotros, no podemos añorar la carne y el pan de los egipcios. Esas ollas egipcias son la religión, hábitos, creencias, percepciones, prácticas, prejuicios, juicios, forma de vivir y enseñanzas que han condicionado nuestra mente para pensar, caminar y hablar como egipcios (sistema). Esos deseos de volver al sistema, esa pasión y ambición por ser como las demás naciones, son consecuencia de haber comido mucha carne y pan leudado de los egipcios. “¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia?” – Romanos 6:16. Escojamos ser esclavos de la obediencia para justicia.
Si nuestra vida tiene que ser coherente con lo que creemos, y lo que creemos debe estar de acuerdo con el mensaje de las Escrituras, más vale que entendamos las Escrituras. Santiago dice que se puede ser oidor solamente engañándonos a nosotros mismos. Engañar H3884 = persuadirse a uno mismo de algo que no es cierto. Es la misma palabra usada por Pablo en Colosenses 2:4 “Y esto digo para que nadie os engañe con palabras persuasivas”. Luego, Santiago explica lo que es la religión pura y sin mácula; para muchos visitar los huérfanos, y las viudas no acarrea ningún problema y lo hacen con frecuencia si es necesario, es una conducta externa que muchos toman como termómetro de santidad, pero guardarse sin mancha del mundo, es algo como ser santurrón y no va con ellos. Pero, Santiago no solamente dice que debemos guardarnos del mundo, en el versículo 21 dice claramente que debemos desechar toda inmundicia y abundancia de malicia. ¿Se imagina el impacto de una enseñanza semejante en un pulpito hoy en día? La gente no habla mucho de santidad porque creen que para ser salvo solo hay que creer y no entienden o se les olvido que lo que uno cree determina lo que hace. Santiago está aquí hablándole a gente que ha escuchado la palabra y cree que pueden arreglársela con YHWH con menos requisitos, que muchos de esos mandamientos no son para hoy. Si usted no actúa de acuerdo con lo que dice creer, entonces no cree en lo que dice creer. Simple, si usted dice que creer en Yahshua y amarlo “El que me ama, mi palabra guardará” “El que no me ama, no guarda mis palabras” – Juan 14:23-24. Pero aquel que sabe que es un hijo de Elohim y tiene su esperanza en El “se purifica a sí mismo, así como El es puro” – 1Juan 3:3. Solo permaneciendo o viviendo dentro de los límites establecidos en la Torah, podemos cumplir con los requisitos establecidos por YHWH. Lo que usted cree determina lo que hace, no lo olvide. Puede ser un creyente intelectual creyendo una mentira, el que cree en la Verdad, en el Camino, vive de acuerdo a ella y no solo es oidor sino hacedor.
La gran pregunta ahora es: ¿De verdad tenemos la mente del Mesías? ¿Somos consientes que Yahshua fue y es Hebreo, vivió como Hebreo, cumplió la Torah y la enseño? Pablo, siendo consciente de que la mentalidad greco-romano, estaba bien lejos de comprender el mensaje del Mesías, insta a los romanos a transformar su pensamiento – “transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Elohim, agradable y perfecta” – Romanos 12:2. Les advierte que ya no pueden seguir pensando como lo hacían antes – “Ya no andéis como los otros gentiles, que andan en la vanidad de su mente” – Efesios 4:17. Hay una gran diferencia entre el pensamiento Hebreo y el pensamiento greco-romano u occidental. La forma griega de ver el mundo, es promoviendo las ideas sobre lo físico, lo cual es opuesto a las Escrituras. La forma greco-romana de ver a Elohim es a través de ideas, la forma hebrea es física. Si le digo a uno de ustedes que cierre sus ojos y se imagine a Elohim, inmediatamente me dirá: Elohim es amor, es omnipresente, es omnisciente, es santo, justo… etc. y todo eso es cierto, pero si le hago la misma pregunta a un hebreo, me diría: Elohim es una roca, es fuego consumidor, es escudo, es las alas del águila, la torre fuerte, etc., y de hecho la Escritura está llena de esos sustantivos, pero si buscamos la palabra “omnisciente” no está. Miremos ahora la palabra “fe”, para el occidental fe es lo que cree. Cuando una persona acepta al Mesías como salvador, inmediatamente dicen que es “salvo”. Es decir, la salvación es vista como concedida a aquellos que están de acuerdo con una afirmación teológica o confesión de fe. Lo que la persona cree es más importante que lo que hace. El punto de vista hebreo es diferente; Yahshua no dijo, “por su credo los conocerán, sino por sus frutos”. Cuando Yahshua habla de frutos no está hablando de cuantos has llevado a hacer la confesión de fe, sino a como uno vive, nuestras acciones, en otras palabras: lo que hacemos es el fruto de lo que creemos, por consiguiente, los frutos no el credo es la medida de nuestra fe.
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