“Pues, aunque andamos en la carne, no militamos según la carne; porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Elohim para la destrucción de fortalezas…” (2 Corintios 10:2…)
Como la guerra que peleamos es espiritual, tenemos la tendencia a espiritualizar todo lo relacionado con esta guerra, incluso la forma como el enemigo nos ataca. Pero no podemos olvidar que el enemigo es el príncipe de este mundo (sistema) - Juan 14:30 - por consiguiente, no debe sorprendernos que en esta guerra cruce al mundo físico para atacarnos. Es muy ingenuo creer que no vamos a ser probados como nuestros antepasados. Creer que somos inmunes y que nada nos pasa porque somos hijos de YHVH. Todo lo contrario, somos Su pueblo viviendo en un mundo hostil al cual no pertenecemos, pero donde debemos estar para dar testimonio de Su grandeza. De hecho, hoy en día, hay muchos hermanos sufriendo tribulaciones y persecución por su fe en el Mesías. Para ellos el sonido de guerra es real y es un verdadero infierno. El hecho que muchos de nosotros no estemos viviendo la guerra de esta forma, no nos puede hacer indiferentes a ello, y es nuestro deber tomar parte orando por ellos.
“Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, and alrededor buscando a quien devorar” (1 Pedro 5:8)
Esto es guerra. Y como dicen los que han estado físicamente en una guerra; el ruido de las bombas cayendo, explosiones, heridos, muertos, todo alrededor es un verdadero infierno. Matas o te mata. Pero, y ¿cómo es una guerra espiritual? ¿Cómo suena? ¿Cómo saber cuándo protegerse o atacar? Aceptémoslo, estamos en guerra. La pregunta es: ¿Dónde estás en esta guerra? ¿Al frente de batalla, en la retaguardia o en la enfermería? Cuando un soldado es llamado a prestar servicio, sabe que va dispuesto a morir por su país. ¿Estás tú dispuesto a morir por lo que crees? Como lo he dicho antes, si fueran a juzgarnos por lo que creemos, ¿Encontrarían en nosotros suficiente evidencia? No olvidemos que la fe sin obras en muerta. Cuando declaramos creer en algo o alguien debemos confirmarlo con nuestras acciones. “¿Por qué me llamáis, Adonai, Adonai, y no hacéis lo que yo digo?” - Lucas 6:46.
“La justicia engrandece a la nación; mas el pecado es afrenta de las naciones” (Proverbios 14:24)
Muchos tienen la tendencia a categorizar el pecado y el rango va desde los más pequeños o veniales hasta los más grandes y dañinos llamados por muchos mortales. Pero en realidad, nadie peca aislado ni las consecuencias son particulares. Toda desobediencia a YHVH afecta no solo al pecador sino a muchos otros en el presente y futuro. Si fuéramos a separar el pecado de Adán y Eva de su contexto, muy pocos los culparían de una gran transgresión, la mayoría pensarían que lo que hicieron no fue tan grave, simplemente comieron una fruta de un árbol con el aviso de “no comer”, sin embargo, ese tan insignificante detalle, ha afectado la humanidad desde entonces. Hoy en día la gente piensa que ignorar unos cuantos mandamientos, aun siendo bíblicos no es mayor cosa. Pero YHVH ve nuestros pecados desde otra perspectiva. Cada uno es seguido de consecuencias negativas, por ejemplo: en el caso de Adán y Eva y de cualquier creyente hoy en día, lo primero que afecta es nuestra relación con Dios. Después todo a nuestro alrededor cambia, pues ya no solo tenemos que lidiar con la vida sin dirección divina, sino con todos aquellos afectados por nuestra acción. Piense ¿cuántas personas afecta un padre adultero, un empleado deshonesto, un político corrupto? Recordemos, nuestras acciones determinan lo que somos.
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