“Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 19:19)
Creo que es una de las cosas más difíciles para todos. Muchos, al igual que en la época de Yahushua, se siguen preguntando, ¿quién es el prójimo? Sin embargo esa pregunta no es lo más preocupante, lo verdaderamente triste es que aunque entendiéramos quien es el prójimo, y estuviéramos dispuestos a amarlos como a nosotros mismos, no recibirían mucho de nosotros. Tenemos un concepto tan erróneo del amor, que si fuéramos a amar al prójimo como a nosotros mismos, pues tendríamos que pagarle el gimnasio al que vamos, la ropa que usamos, llevarlo de vacaciones con nosotros, etc. porque creemos que amarnos es cuidar nuestro cuerpo en cuanto a comer, beber, divertirnos, amarnos como dicen muchos, cuando Yahushua claramente dijo, que el Padre cuida de que tengamos todas esas cosas pero nosotros debemos es buscar el Reino de Elohim y su justicia. Así que, si nos amamos verdaderamente, buscamos pasar tiempo con Elohim, vivir bajo Sus parámetros, obedecer sus Mandamientos y amándonos así, tendríamos mucho que darle a nuestro prójimo. Somos seres únicos, creados para tener una relación con Elohim, y mientras no llenemos esa necesidad, vamos a estar siempre ansiosos por algo y una vez suplida esa ansiedad, aparecerá otra. Sólo Elohim puede llenar el vació del corazón del hombre.
Alef - Bienaventurados los perfectos de camino, los que andan en la Torah de YHVH. Bienaventurados los que guardan sus testimonios, y con todo el corazón le buscan; pues no hacen iniquidad” (Salmo 119:1-3)
El salmo 119 empieza con la letra Alef, la primera letra del alfabeto hebreo. En el alfabeto hebreo, las letras tienen figura, significado y valor numérico. La figura de la letra Alef, es la de un buey, y significa: fuerte – poder – líder. Para arar la tierra, siempre se usan dos bueyes unidos por el yugo, uno de ellos debe ser mayor, con más experiencia y debe ser el líder que guía al más joven, y aran en un mismo sentido repetidas veces hasta formar un surco, o camino que les impida salirse de él. Es la guía. En las Escrituras en hebreo dice así: “¡Que feliz es el integro que camina por el camino hollado de la Torah!” – Camino – Derek en hebreo = curso de vida / manera de actuar / costumbre. “!Que felices aquellos que guardan tus testimonios!” – Guardar – Natsar en hebreo = proteger / mantener intacto / no alterar. Es decir: ¡Que felices somos cuando caminamos por el camino trazado de la Torah, cuando guardamos Su testimonio sin alterarlo! – Elohim nos ha dejado un Camino ya trazado por El, para que andemos sin temor, seguros de que ese es el Camino que nos llevará de vuelta a Él. No tenemos que añadirle ni quitarle, solo seguir la guía de nuestro hermano mayor, Yahushua. El anduvo en ese mismo Camino, y no lo hizo como dicen muchos para que yo no tuviera que hacerlo, sino para mostrarnos que si se podía. Yahushua es nuestro ejemplo para seguir la Torah, no la excusa para evadirla.
“Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos” (Mateo 5:3)
Antes que Elohim creara al hombre, primero preparó para él un mundo lleno de cosas útiles y agradables para su deleite y gozo. Fueron hechas para el hombre pero debían permanecer como cosas externas a él, muy profundo en su corazón había un santuario donde solo Elohim podía entrar. Dentro de él estaba YHVH y era quien gobernaba su vida. Pero el pecado complicó las cosas e hizo que aquellos regalos y bendiciones, se convirtieran en su ruina. Nuestro dolor empezó cuando Elohim fue echado fuera de Su santuario (corazón) y se le permitió a todas esas cosas que habían sido creadas para uso del hombre, entrar en el corazón y tomar el lugar de Elohim. El hombre por naturaleza ya no tiene paz en su corazón porque YHVH ya no es el centro de él. Ahora son las cosas y la ambición por acumularlas lo que gobierna al hombre. Esta no es una simple metamorfosis, es un minucioso análisis de nuestra realidad espiritual. Muy dentro del corazón hay raíces de una vida caída cuya naturaleza es poseer y poseer. Desea cosas con pasión y los pronombres “mi” y “mío” suenan inofensivos, pero su uso constante y universal es muy significativo. Expresan la verdadera naturaleza adámica del hombre. Son el síntoma más visible de nuestra enfermedad. Las cosas se han vuelto tan necesarias, que lo que una vez fueron regalos de Elohim, se han convertido en nuestro elohim. Han tomado Su lugar. Mientras más posee el hombre, mas teme perder y recordemos que aquello que tememos perder, ese es nuestro dios.
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