"Dame hijo mío tu corazón” (Proverbios 23:26)
No hay nada más nocivo para la salud física, emocional y espiritual de una persona que evadir la realidad, ignorar los hechos, pretender que el invierno traiga flores o en el verano haya nieve. No pintes el camarote mientras el barco se hunde, acepta que los fracasos y los éxitos son parte de la vida, que la tristeza es buena, que las lágrimas lavan el corazón, que la escasez nos revela lo ricos que somos, que la paz no es ausencia de guerra, sino la seguridad de que YHVH está en control. No busques más soluciones, tapando el sol con un dedo, pretendiendo que se puede vivir sin YHVH, que el sistema tiene todo y que en el mundo están las respuestas a tus dilemas. No esperes a que el camino se acorte, los huesos se cansen, los ojos se opaquen para que la luz de la verdad le de nuevo brillo a tu vida.
“Yo sé que mi Redentor vive” (Job 19:25)
Una experiencia es innegable, un concepto es rebatible. Por eso el hombre con una experiencia jamás estará a merced del hombre con un argumento. Puedes tener muchas ideas acerca de YHVH, ser religioso con buenos argumentos, pero si la vida de YHVH no es una experiencia viva y real en ti, eres como una guitarra sin cuerdas, un barco sin timón, un peregrino sin rumbo, a la deriva, desprotegido y vulnerable a cualquier filosofía o doctrina que solo te dará más ideas sobre el Creador del Universo al cual no necesitas entender sino sentir, vivir en El, vibrar con Su amor, conocer Su Torah. Las ideas no dan vida, solo especulan, pero cuando te atreves a experimentar la magnitud, riqueza y poder de una vida en YHVH, nadie jamás podrá robarte lo que hay en tu corazón, pues has pasado de muerte a vida, ya no piensas, ahora sabes que sabes que El es vida.
“Tu diste alegría a mi corazón” (Salmo 4:7)
La felicidad no se compra en el supermercado, no viene en paquetes o bolsas, no se logra en una subasta, no está en lo que poseemos ni tiene que ver con las personas que nos acompañan a lo largo de la vida. La felicidad es un estado del corazón por consiguiente no esta fuera de nosotros, sino en nosotros. La felicidad no se busca se posee; no se ve se siente; no espera ser amada ama; no es exclusiva le pertenece a todos y por lo regular la gente más feliz no siempre tiene las mejores cosas, solo sabe que la felicidad se da, no se pide pues dándola es como se consigue. La verdadera felicidad es pacifica, no se altera no se pierde, y sólo pueden sentirla aquellos que abren su corazón a YHVH quien es la fuente de felicidad.
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