“No os conforméis a este siglo (sistema), sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Elohim, agradable y perfecta” (Romanos 12:2)
Para que se lleve a cabo esta renovación necesitamos recuperar la unidad de alma y mente que Adán tenía y que perdió al desobedecer a Elohim. Necesitamos la mente del Mesías para poder conocer con certeza todo lo que es nocivo para nuestra alma. Mucha gente aún sigue sufriendo por emociones moribundas, que no terminan de desaparecer por la falta de auto-estima y de paz interior. Continúan viviendo exiliados de ellos mismos, sin poder disfrutar de la verdadera libertad espiritual que se obtiene cuando el Ruaj HaKoddesh transforma nuestro ser e implanta la Torah en nuestros corazones. Lo triste es que muchos ni siquiera se dan cuenta que algo anda mal en su interior, aun no disfrutan de la vida abundante que el Mesías Yahushua prometió a sus discípulos, vida abundante que se obtiene obedeciendo la Torah y haciendo de ella el código de conducta que guía nuestra vida diaria. Es la disciplina de la Torah lo que restaura nuestra alma y mente, es decir desarrolla en nosotros el carácter y la mente de Yahushua que nos capacita para vivir rectamente comprobando la voluntad agradable y perfecta de Elohim para cada uno de nosotros. Para desarrollar ese carácter y fortalecer nuestra confianza en El, Elohim a veces permite que la tribulación toque nuestra puerta. Pablo nos exhorta a no conformarnos, es decir no acostumbrarnos a este sistema del mundo. El pueblo de Israel sufrió y sigue sufriendo porque siempre ha querido ser como las demás naciones. Cuando nuestro corazón ya no anhelen los caminos de los gentiles (mundo), seremos inmunes a su influencia. Si el mundo aún apela a tus sentidos, debes empezar a entrenar tu corazón en la construcción de carácter, respeto, honor, disciplina y responsabilidad que son la base de la Torah.
“Conforme al número de los días, de los cuarenta días en que reconocisteis la tierra, llevaréis vuestras iniquidades cuarenta años, un año por cada día; y conoceréis mi castigo” (Números 14:34)
Este es el castigo que Israel recibió después de que los doce espías regresaron de reconocer la tierra prometida. Diez dieron un mal reporte y solo dos, Caleb y Josué, creyeron que YHVH era suficiente para llevarlos a través de una tierra de gigantes. Fueron enviados al desierto por 40 años. Muchos se preguntan; ¿por qué los justos y fieles como Caleb y Josué recibieron el castigo junto con los rebeldes e inicuos? He aquí, un importante principio espiritual. YHVH trata con su pueblo corporativamente, ya sea familia, congregación o nación. (Hablo de castigo, no de salvación — Ezequiel 18:4 — “… el alma que pecare, esa morirá”. ) En el juicio corporativo, los justos sufren por asociación no por culpabilidad, como el caso de Caleb y Josué. Por eso YHVH nos insta a separarnos — “Y oí otra voz del cielo, que decía: Salid de ella pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados, ni recibáis parte de sus plagas” — Apocalipsis 18:4. Es nuestra responsabilidad saber con quien nos asociamos, en donde nos congregamos, que la Torah de YHVH sea la base fundamental de su fe, y que vivan una vida separada -Kaddosh - para YHVH, no sea que terminemos siendo participes de las iniquidades y castigos de otros, sufriendo por asociación.
“Ojalá hubiéramos muerto por mano de YHWH en la tierra de Egipto, cuando nos sentábamos a las ollas de carne, cuando comíamos pan hasta saciarnos; pues nos habéis sacado a este desierto para matar de hambre a toda esta multitud” (Éxodo 16:3)
El pueblo en vez de dar gracias por la liberación, empezó a quejarse de las condiciones y empezó a añorar a Egipto, quisieron volver a hacer ladrillos para los monumentos de Faraón. Añoraron todo el confort de Egipto aunque fueran esclavos, la esclavitud enceguece cuando el pueblo se acostumbra. “Si Israel no hubiera probado el pan de los Egipcios, no hubieran permanecido allá en exilio, ni los Egipcios los hubieran podido oprimir” – Rabino Hiya, Zohar 2, pp.6ª, 6b. El orgullo y el ego son los ladrillos que construyen fortalezas en nuestra mente. Nuestra carne solo hace lo que la mente le dice. Somos esclavos cuando elegimos serlo, se dice que nadie extraña lo que no conoce, así que es ese conocimiento del pecado y de hábitos fuera de los parámetros de Elohim lo que nos esclaviza. Esclavitud es decidir ser controlado por la realidad del mundo físico de los sentidos, del árbol del conocimiento del bien y del mal, por consiguiente, no tenemos opción acerca de cómo actuar, sino que simplemente reaccionamos a las emociones, sentimientos y a los pensamientos no renovados por el Espíritu. La esclavitud es tan fuerte que perdemos la habilidad de tomar decisiones de acuerdo a la Torah. Así que si no podemos decidir cómo actuar, es porque somos esclavos de algo, y esa esclavitud nos dictamina como relacionarnos con el mundo y con la gente. No podemos permitir que Egipto permanezca dentro de nosotros, no podemos añorar la carne y el pan de los egipcios. Esas ollas egipcias son la religión, hábitos, creencias, percepciones, prácticas, prejuicios, juicios, forma de vivir y enseñanzas que han condicionado nuestra mente para pensar, caminar y hablar como egipcios (sistema). Esos deseos de volver al sistema, esa pasión y ambición por ser como las demás naciones, son consecuencia de haber comido mucha carne y pan leudado de los egipcios. “¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia?” – Romanos 6:16. Escojamos ser esclavos de la obediencia para justicia.
Hay 14 invitados y ningún miembro en línea