“Encomienda a YHVH tus obras, y tus pensamientos serán afirmados” (Proverbios 16:3)
No hay nada más maravilloso que amar lo que uno hace, disfrutar de la obra de nuestras manos, y más cuando vemos que todo funciona perfectamente. Podemos llenar nuestra vida de actividades y sin embargo no estar haciendo lo que YHVH quiere que hagamos. Podemos asumir responsabilidades, cargas que pueden ser un peso o una prueba, o todo lo contrario, ser un gozo y toda una aventura, y sin embargo, no ser lo que YHVH quiere que hagamos. Hay un dicho popular que dice: “No todo lo bueno necesariamente es santo”. A veces la falta de amor o una afirmación negativa en la niñez, puede dejarlo a uno con un vacío y luego para compensar nos hallamos más tarde en la vida llevando cargas que YHVH no quiere que llevemos. El quiere primero que nos deshagamos de esas cargas innecesarias, que hagamos como los camellos en el Medio Oriente que se arrodillan para permitirle al dueño bajar la carga, y en humildad, le permitamos a El bajar todo ese peso de nuestros hombros. Y luego, que no demos ni un solo paso más sin encomendarnos a El y le permitamos nutrir nuestro espíritu con Su Ruaj Hakoddesh, llenarnos de su amor y sabiduría y que tanto nuestras obras como nuestros planes sean afirmados.
“José, pues, conoció a sus hermanos; pero ellos no le conocieron”. “Entonces dijo José a sus hermanos: Acercaos a mí. Y ellos se acercaron. Y él dijo: Yo soy José vuestro hermano, el que vendisteis para Egipto” (Génesis 42:8 y 45:4)
Todos conocemos la historia de José como fue vendido por sus hermanos, puesto en la cárcel, luego interpreta los sueños del Faraón y a raíz de eso es exaltado como gobernador de Egipto. José termina vistiendo como un egipcio y lo más increíble y a lo que quizás no prestamos mucha atención, es al hecho que Faraón cambió el nombre hebreo de José por el nombre egipcio de: Zafnat-panea lo cual hizo aún más difícil que sus hermanos lo reconocieran. José era para ellos un egipcio más. José es sombra y tipología del Mesías quien en manos de la cultura greco-romana ha sufrido la misma transformación. Cuando el mensaje del evangelio llegó a los dispersos en Grecia, los judíos helenos ya contaminados con el paganismo de la región, consideraron que era mejor presentarle a los gentiles un Mesías parecido a ellos e inician la transformación que termina con Roma cambiando Su nombre, hasta el punto que hoy en día, decirle a los creyentes que Yeshua es hebreo, que vivió como hebreo, que cumplió los mandamientos como hebreo y la única manera de entender Su mensaje es conociendo las raíces hebreas de la fe, es una total herejía. La transformación que Grecia y Roma le hicieron al Mesías fue tan perfecta, que no debe sorprendernos por qué los judíos no lo reconocen. Pero pronto vendrá de nuevo y dirá como dijo José a sus hermanos: “Mirad mis manos y mis pies, que YO MISMO SOY” – Lucas 24:39.
“Quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente” (1Pedro 2:23)
En algún momento u otro de la vida, todos de alguna manera somos acusados falsamente por amigos, familiares o simples conocidos quienes nos juzgan erróneamente. Cuando esto sucede nuestra tendencia o tentación es de retaliar y defendernos. Nuestra actitud por lo regular, es totalmente opuesta a la de Yahshua, quien en sus horas más oscuras cuando era escarnecido, insultado, escupido, nunca respondió ni se defendió. El confió toda Su causa al Padre quien es el juez justo. Yahshua advirtió a sus discípulos sobre la hipocresía de juzgar a los demás. La línea entre el juzgar y discernir es muy angosta, pero demasiado significativa. El discernimiento es un don del Ruaj Ha Koddesh y debe usarse sabiamente. El juzgar es una característica del hombre y por lo regular, más común en aquellos con espíritu de religiosidad que no conocen el amor de Elohim, sino la inflexibilidad de la auto-justificación. Cuanta angustia nos ahorraríamos si nuestra actitud fuera como la del Maestro a quien profesamos seguir. Igual que Yahshua, debemos siempre encomendar nuestra causa al Padre. No importa lo que la gente diga de nosotros, solo pueden dañar nuestra reputación, pero Elohim está más interesado en nuestro carácter que en nuestra reputación. Nuestro carácter es lo que realmente somos frente a aquel que juzga los pensamientos y actitudes del corazón.
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