“Ojalá hubiéramos muerto por mano de YHVH en la tierra de Egipto, cuando nos sentábamos a las ollas de carne, cuando comíamos pan hasta saciarnos; pues nos habéis sacado a este desierto para matar de hambre a toda esta multitud” (Éxodo 16:3)
El pueblo en vez de dar gracias por la liberación, empezó a quejarse de las condiciones y empezó a añorar a Egipto, quisieron volver a hacer ladrillos. Añoraron todo el confort de Egipto aunque fueran esclavos, la esclavitud enceguece cuando el pueblo se acostumbra. El orgullo y el ego son los ladrillos que construyen fortalezas en nuestra mente. Nuestra carne solo hace lo que la mente le dice. Somos esclavos cuando elegimos serlo, se dice que nadie extraña lo que no conoce, así que es ese conocimiento del pecado y de hábitos fuera de los parámetros de Elohim lo que nos esclaviza. La esclavitud es tan fuerte que perdemos la habilidad de tomar decisiones de acuerdo a la Torah. Así que si no podemos decidir cómo actuar, es porque somos esclavos de algo, y esa esclavitud nos dictamina como relacionarnos con el mundo y con la gente. No podemos permitir que Egipto permanezca dentro de nosotros, no podemos añorar la carne y el pan de los egipcios. Esas ollas egipcias son la religión, hábitos, creencias, tradiciones, prácticas, prejuicios, juicios, forma de vivir y enseñanzas que han condicionado nuestra mente para pensar, caminar y hablar como egipcios (sistema). Ese deseo de volver al sistema, esa pasión y ambición por ser como las demás naciones, es consecuencia de haber comido mucha carne y pan leudado de los egipcios. “¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia?” – Romanos 6:16. Escojamos ser esclavos de la obediencia para justicia.
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