Después de sacar a Su pueblo de la esclavitud en Egipto, YHVH lo llama al desierto, a tierra no sembrada en pos de Él, y cerca de dos millones de personas entre hombres, mujeres y niños, escucharon el llamado y salieron hacia la tierra prometida. El desierto es seco y duro, si no se va con suficiente provisión y protección, es un viaje suicida. Pero YHVH mismo los cubrió con nubes de gloria, los suplió supernaturalmente durante 40 años por el desierto. Efectuó milagro tras milagro, los guió, protegió, y también disciplinó cuando fue necesario. Y luego, le ordenó a Moisés que estos actos divinos debían ser conmemorados como la “Fiesta de Sukkot” – Levíticos 23:34.
“Pero he aquí que yo la atraeré y la llevaré al desierto, y hablaré a su corazón” – Oseas 3:14. Para poder revelarse a Israel (Su amada), YHVH tiene que llevarla al desierto. Allí la rodea con Su amor y Su gloria, amarga las aguas para endulzarlas de nuevo y darle a beber agua de vida, agua de la Roca. Permite que el hambre los acose, para suplirlos con el Pan de vida. Hace todo esto para revelarle a Su pueblo que solo EL puede satisfacer todos sus necesidades y anhelos. Lo hizo en la antigüedad y nos dejó la sombra de lo que hará en el futuro.
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