La gran pregunta ahora es: ¿De verdad tenemos la mente del Mesías? ¿Somos consientes que Yeshua fue y es Hebreo, vivió como Hebreo, cumplió la Torah y la enseño? Pablo, siendo consciente de que la mentalidad greco-romano, estaba bien lejos de comprender el mensaje del Mesías, insta a los romanos a transformar su pensamiento –
“transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Elohim, agradable y perfecta” – Romanos 12:2. Les advierte que ya no pueden seguir pensando como lo hacían antes – “Ya no andéis como los otros gentiles, que andan en la vanidad de su mente” – Efesios 4:17. Hay una gran diferencia entre el pensamiento Hebreo y el pensamiento greco-romano u occidental. La forma griega de ver el mundo, es promoviendo las ideas sobre lo físico, lo cual es opuesto a las Escrituras. La forma greco-romana de ver a Elohim es a través de ideas, la forma hebrea es física. Si le digo a uno de ustedes que cierre sus ojos y se imagine a Elohim, inmediatamente me dirá: Elohim es amor, es omnipresente, es omnisciente, es santo, justo… etc. y todo eso es cierto, pero si le hago la misma pregunta a un hebreo, me diría: Elohim es una roca, es fuego consumidor, es escudo, es las alas del águila, la torre fuerte, etc., y de hecho la Escritura está llena de esos sustantivos, pero si buscamos la palabra “omnisciente” no está. Miremos ahora la palabra “fe”, para el occidental fe es lo que cree. Cuando una persona acepta al Mesías como salvador, inmediatamente dicen que es “salvo”. Es decir, la salvación es vista como concedida a aquellos que están de acuerdo con una afirmación teológica o confesión de fe. Lo que la persona cree es más importante que lo que hace. El punto de vista hebreo es diferente; Yeshua no dijo, “por su credo los conocerán, sino por sus frutos”. Cuando Yeshua habla de frutos no está hablando de cuantos has llevado a hacer la confesión de fe, sino a como uno vive, nuestras acciones, en otras palabras: lo que hacemos es el fruto de lo que creemos, por consiguiente, los frutos no el credo es la medida de nuestra fe.