El olivo en su estado natural es inservible y amargo, pero cuando esa amargura es destruida, o cuando el olivo es exprimido, machacado para extraer el aceite, se convierte en una fuente de vida y de luz.
Elohim necesita machacarnos para poder sacar de nosotros toda la amargura, todo el residuo del viejo hombre, para que el nuevo hombre, regenerado a la imagen del Mesías, quien es la Torah viva, brille para la gloria de Elohim. He aquí algunas similitudes entre el olivo y su aceite y un hijo de YHVH: 1. En su estado no refinado, ambos son amargos y necesitan ser lavados con lejía, para ser aceptable al consumidor o a Elohim. “Te lave con agua, y lavé tus sangres de encima de ti, y te ungí con aceite” – Ezequiel 16:9. 2. Ambos, el olivo y el hombre, son difíciles de crecer y muy temperamentales cuando de producir fruto se trata. Ambos requieren mucha atención. Hay muchos factores involucrados y se necesita de muchos cuidados para garantizar una buena producción. 3. El fruto del olivo y el hombre necesitan ser machacados para poder sacar el precioso aceite. Un mortero de piedra o un molino se usaba en tiempos antiguos para machacar las olivas y producir el aceite. El Mesías fue molido por nosotros -- “Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados… cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado… verá el fruto de la aflicción de su alma” – Isaías 53:5-12. Nuestro peregrinaje por la tierra no es más que el terreno de prueba, donde Elohim está probando, machacando, refinando y purificando sus vasos escogidos, preparándolos para hacer de ellos reyes y sacerdotes para Su Reino. Este proceso involucra el sacrificar nuestra vieja naturaleza, el morir a nuestros propios deseos, el renunciar a todo aquello que ofende a nuestro Padre, el ser Kaddosh, separados cada día más para El.