“Yo anduve errante como oveja extraviada; busca a tu sirvo, porque no me he olvidado de tus mandamientos” (Salmo 119:176)
Creo que estar perdido es una de las más aterradoras experiencias. Se siente impotencia, frustración y más cuando creemos que todo lo podemos, todo lo sabemos y nos toca aceptar que estamos perdidos y tal vez sin esperanza. Hoy en día la gente no se pierde mucho a menos que decidan explorar bosques o montañas inhóspitas. La tecnología ayuda mucho a los caminantes y exploradores. Pero y ¿si no estamos perdidos en un lugar sino en nosotros mismos? ¿Si las ilusiones, expectativas, deseos, ganas se han perdido y no hallamos el camino? Creo que eso si es estar perdido y sin esperanzas. Tuve el privilegio de conocer pastores con rebaños gigantes que tenían que recurrir al Pastor de pastores por dirección para guiar sus rebaños. Uno de ellos decía que cuando una oveja se pierde, o pierde su sentido de dirección, que a propósito, tiene muy poco, se paraliza. Esa es la sensación cuando estamos perdidos en nosotros mismos y necesitamos del Buen Pastor que nos rescate, saque del precipicio a donde hemos caído, nos ponga en pie de nuevo, le dé sentido a nuestra vida y nos guie por donde solo El sabe que nos conviene.