“Pero en ti hay perdón para que seas reverenciado” (Salmo 130:4)
Cada que llega la noche y termina el día sin darte la gloria por todo lo que me has bendecido, siento que renuncio al gozo de alabarte con mi vida. Cada que rehúso a tender la mano, o a dar consuelo, siento que renuncio a la maravillosa experiencia del servicio. Cada que evito un saludo, una sonrisa, un beso, siento que renuncio a la experiencia del amor. Cada que acaricio mis heridas e impido que las sanes, siento que renuncio a la dicha del perdón. Señor, perdóname por renunciar: a alabarte, a servirte, a amar y ser amada, a perdonar y ser perdonada, por no darme la oportunidad de experimentar la dicha de vivir una vida plena a la medida y estatura de tu amor.