La vida del creyente no es para vivirla en las montañas, sino principalmente en los valles. Yeshua los llevó al monte no para que hicieran allí su hogar permanente como quería Pedro, sino para revelarse a ellos como el Hijo de Elohim que era y fortalecer su fe.
El contraste entre la montaña y el valle es enorme. La montaña es luz, el valle es oscuridad. La montaña es revelación, comprensión, el valle es retos y necesidades. Sin embargo, podemos tener el mejor día de nuestra vida en el valle, porque es allí donde podemos ver a Yeshua en acción, donde los demonios huyen ante Su presencia, donde los necesitados reciben ese toque divino de Elohim. Todos pasamos tiempo en la montaña, todos recibimos ese toque de Su amor y Su unción para el servicio en el valle. Y es humano querer permanecer en la montaña y disfrutar de El, pero alguien pagará el precio de nuestra permanencia allí, alguien con una enorme necesidad de recibir de Yeshua. Así que no temamos bajar al valle, todo lo contrario, fortalezcámonos en El y pidámosle que rebose nuestra copa hasta el punto que sintamos la necesidad de bajar el valle y vaciarla sobre todo aquel que lo necesite.